El primer mensaje presidencial acertó en el diagnóstico del sistema de salud. No ofreció una política para su transformación.
En veinticinco años, el Perú escuchó veintiséis mensajes presidenciales. En ese período la salud ganó presupuesto, leyes y presencia institucional. También acumuló algo menos visible: una larga colección de promesas devaluadas.
El aseguramiento universal, la integración de los subsistemas, los hospitales anunciados, el fortalecimiento del primer nivel, la historia clínica electrónica, la telesalud, el acceso a medicamentos. Todas reaparecieron, con distintos nombres, en gobiernos sucesivos. No porque carezcan de importancia, sino porque el país no las ha resuelto.
Una promesa se devalúa cuando vuelve a anunciarse sin explicar qué ocurrió con el anuncio anterior, qué obstáculo se removerá esta vez, quién responde por el resultado y con qué recursos se sostendrá. El problema nunca fue la falta de anuncios, sino la distancia entre el anuncio y la capacidad del Estado para convertirlo en atención cotidiana.
Un diagnóstico que acierta
El mensaje del 28 de julio empezó bien. La presidenta describió, sin anestesia, un Estado debilitado por la improvisación y la corrupción, con obras paralizadas e instituciones que dejaron de servir a los ciudadanos. Sobre el sector fue exacta: “un sistema de salud que llega tarde, o que nunca llega”. Esa frase resume la experiencia cotidiana de millones de peruanos.
Anunció, además, que su meta principal no es administrar el Estado sino cerrar el déficit social, y ofreció “método, disciplina, trabajo y una ruta clara”, con “metas medibles y rendición de cuentas constante”. Era razonable esperar que ese método alcanzara también a la salud.
Lo rescatable
Hay decisiones que conviene reconocer. Una meta explícita y verificable: reducir a la mitad el 35 % de anemia infantil y el 12 % de desnutrición crónica, concentrando el esfuerzo en las poblaciones más vulnerables. Una Política de Protección Integral de la Primera Infancia, la Niñez, la Adolescencia y la Familia. Una política del adulto mayor que promete salud oportuna, acompañamiento y seguridad económica, con la duplicación de Pensión 65. Y reformas transversales —servicio civil, compras públicas, coordinación intergubernamental, digitalización, sostenibilidad fiscal— que podrían mejorar la gestión sanitaria si llegan al sector convertidas en decisiones concretas.
Pero una meta nutricional, una política de cuidados o una reforma de compras no sustituyen una política nacional de salud.
Lo ausente
El discurso fijó siete objetivos nacionales. Ninguno es la salud. Aparece subordinada: dentro de la protección de la primera infancia, dentro del cuidado del adulto mayor y, como ladrillo, dentro de la infraestructura social.
Ni el Ministerio de Salud ni EsSalud fueron mencionados. Nada se dijo sobre cómo integrar los subsistemas, ni cómo articular las sanidades con los gobiernos regionales. La palabra “medicinas” aparece una sola vez en todo el mensaje, y no en una política de acceso: en el plan logístico frente al fenómeno El Niño.
No hubo una línea sobre el personal de salud —formarlo, distribuirlo, retenerlo—, ni sobre el primer nivel de atención, la capacidad diagnóstica, la vigilancia epidemiológica, el dengue, la salud mental, el cáncer o el cuidado cotidiano de las enfermedades crónicas. Tampoco se precisó con qué presupuesto plurianual se sostendrá la atención, más allá de la obra.
Es cierto que no hubo un nuevo catálogo de promesas devaluadas: no se repitieron hospitales emblemáticos, historias clínicas digitales ni metas de telesalud. La omisión, sin embargo, resulta más preocupante que la repetición. Tampoco hubo respuesta a los problemas que aquellas promesas nunca lograron resolver.
El cronómetro también corre para la salud
La anemia no bajará a la mitad sin un primer nivel resolutivo, personal estable, diagnóstico oportuno, suplementos y medicamentos disponibles, agua segura y seguimiento familiar. La salud oportuna de las personas mayores no existirá mientras persistan las colas, la fragmentación institucional y la discontinuidad del cuidado. Las metas no se cumplen solas: las cumplen instituciones.
Como sostengo en el capítulo “Gobernar la salud en el Perú 2026-2031”, el país no reúne hoy las condiciones políticas, técnicas ni financieras para emprender una gran transformación inmediata. Las reformas profundas exigen liderazgo, coaliciones, equipos calificados y recursos sostenidos; no se producen por decreto ni por voluntad declarada.
Esa constatación no justifica la inacción. La tarea inmediata es recuperar capacidad y confianza: medicamentos disponibles, diagnóstico oportuno, primer nivel resolutivo, vigilancia frente a las epidemias, cargos técnicos protegidos del reparto político y obras que funcionen. En paralelo, construir el acuerdo político, técnico y financiero que permita reformar el sistema en serio.
La presidenta dijo bien que “el hambre, la enfermedad y la delincuencia no tienen color político”. Por eso mismo, la enfermedad merecía un objetivo propio.
Fuente: Víctor Zamora Mesía – Exministro de Salud
