Lamine Yamal, después de celebrar la victoria de España en la Copa del Mundo, decidió tomar unas vacaciones en la casa de su abuela en lugar de pasarlas en los hoteles más lujosos de Europa entre las luces de la fama y los flashes de las cámaras, y dejó todo eso atrás, hizo su maleta y regresó a sus raíces, a la casa de su abuela.
Lamine, apenas entró por la puerta, el aroma de la comida marroquí auténtica y el calor familiar lo estaban esperando, la abuela lo recibió con abrazos y lágrimas de alegría, y le sirvió un plato de cuscús, bastilla y rfissa especial que no se puede reemplazar por ninguna comida del mundo.
Pero la sorpresa real no fue la comida… Lamine abrió su maleta y sacó de ella lo más valioso que había logrado, la Copa Dorada, y la puso en las manos de su abuela, que la tocaba con asombro y lágrimas en los ojos, sin creer que su pequeño niño se había convertido en campeón del mundo.
Esa imagen lo resumió todo… resumió la humanidad de un chico que no olvidó sus raíces ni las oraciones de la alfombra que se desplegaban para él en cada partido.
Lamine Yamal demostró que los trofeos y premios más grandes del mundo no tienen ningún valor, salvo cuando se ponen en las manos de las personas que más se esforzaron y tuvieron paciencia para verte llegar a la cima.
