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Cuentos chinos.

“Escuchar declaraciones de políticos de primera línea minimizando lo denunciado por la prensa [sobre Jerí] significa que nuestra clase política tiene moral selectiva”.

Todos aquellos que aspiramos a que el próximo proceso electoral se lleve de forma ordenada, transparente y tranquila, para que el Perú pueda renovar sus principales autoridades políticas de acuerdo con la auténtica voluntad que expresen los ciudadanos en las urnas, no desearíamos que se produzca un nuevo cambio en la jefatura del Estado, como consecuencia de un proceso de vacancia presidencial por incapacidad moral contra quien hoy ejerce como presidente de la República.

No obstante, hay que indicar que a quien le corresponde abortar cualquier posibilidad en ese sentido no es otro que al propio señor José Jerí, y ello no lo logrará con las versiones –infantiles, por cierto– que nos ha dado, sino adecuando su comportamiento a la transparencia y al cumplimiento escrupuloso de la normatividad existente sobre integridad y gestión de regalos.

Si no entiende que su actuar está reglado y que no debe ni puede responder a un “voluntarismo” que pretende justificar en su propia edad, es mejor, de una vez, despejar la cancha, porque quiere decir que no aprendió nada en este tiempo y, en consecuencia, solo hemos pasado de Pedro a Dina y ahora a José (por no mencionar a Vizcarra y todos sus estropicios, desde Richard Swing hasta el tema de las vacunas chinas), pero con una coincidencia en las mismas mañas y excusas. El país no puede tolerar más una conducta así de quien personifica la nación.

Tampoco podemos permitir que representantes de los partidos en el Congreso –que además aspiran a renovar su mandato– se hagan de la vista gorda o pasen por agua tibia situaciones inaceptables y no acordes con lo que debe ser el comportamiento correcto de un alto funcionario. Recordemos que cuando ocurrió lo de Sarratea con Pedro Castillo, o cuando se descubrió que Dina Boluarte siendo ministra de Estado continuaba con cargos en instituciones privadas y hacía gestiones por ellas en clara contravención de lo expresamente prohibido en el artículo 126 de la Constitución, el Congreso, más allá de algunos esporádicos fuegos artificiales, no hizo nada y pasó por agua tibia tales inconductas. Lo mismo ocurrió con el tema de los relojes y demás alhajas, así como con lo referido a los retoques estéticos, temas en los que más de uno debe estar arrepentido de haber asumido el patético rol de justificar lo injustificable.

En el caso de Castillo, la vacancia se produjo realmente como consecuencia de su discurso golpista del 7 de diciembre (si no lo hubiese dado, lo más probable es que no hubiesen existido los votos para ello) y, en el caso de Dina, solo al final, el Congreso, utilizando como gatillador el tema de la inseguridad ciudadana por una balacera en un concierto musical y dado el amplísimo descrédito de la propia señora Boluarte, decidió finalmente vacarla, con una moción en la que se incluyó todo, incluso aquello respecto de lo cual en el Congreso ya se habían dado por desentendidos.

Por ello, escuchar algunas declaraciones de políticos de primera línea minimizando lo denunciado por la prensa –entre ellas una que realmente me dejó perplejo: “Le gusta el chifa, pues, déjenlo”– significa que nuestra clase política tiene una moral selectiva, que se adecúa a cada circunstancia.

Ojalá se entienda que no habrá progreso ni desarrollo si los llamados a impulsarlo parecen salidos de un relleno sanitario.

Fuente: El Comercio – Natale Amprimo Plá es abogado constitucionalista

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