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La corrupción del aplauso

“Prefiero pensar que la presión de llevar uno de los casos más emblemáticos de la lucha anticorrupción obnubila por momentos la capacidad de interpretar los hechos y los dichos, y sus dimensiones”.

El fiscal José Domingo Pérez ha pedido mayor seguridad para él y su familia. No es que no tenga resguardo, solicita incrementarlo.

¿Recibió una carta prometiendo acabar con él o los suyos? ¿Encontró en la puerta de su casa un sobre con una bala adentro? ¿Le enviaron una corona de flores a su domicilio?

“¿Quiere decir el fiscal José Domingo Pérez que “lo que hagas te regresa” se debe interpretar como “te voy a pegar, balear, matar”?”. (Foto: Anthony Niño de Guzmán/GEC)

Nada de eso. Vio en Twitter un mensaje del congresista Carlos Tubino, vocero de la bancada de Fuerza Popular (FP), referido a él.

El Twitter es una red social. Es para los suscriptores, que no son pocos. Y es pública.

“La Paz –decía el tuit– no reinará en el corazón de esta persona en esta Navidad, ya que ha impulsado la injusticia de los Hombres, sobre la Justicia que se deriva de los Valores cristianos/católicos de nuestra Sociedad!!! ¡¡¡No lo quisiera, pero los sufrimientos que origina regresan!!!”.

Podemos criticar el burdo estilo “bíblico” o el popurrí de biblismo con alusiones al karma de hinduistas o budistas. Lo que muy difícilmente podemos hacer es creer que haya algo siquiera parecido a una amenaza en el mensaje de Tubino.

“No lo quisiera, pero los sufrimientos que origina regresan”. ¿Quiere decir con esto Tubino que va a mandar a matar al fiscal José Domingo Pérez? ¿Queda claro que esto equivale al aviso “si sigue acusando, mandaremos una granada a su casa”?

¿Qué “sufrimientos” ha originado, supuestamente, el fiscal? Quizá Tubino se refiere al encarcelamiento de su lideresa.

Si fuera así de específico (y tampoco lo es), el profético mensaje tendría que interpretarse, en el caso de esta fantasiosa hipótesis: “Sufrirá en la cárcel”. ¿Eso amenaza?

“Regresar” no equivale a crear algo nuevo y distinto; equivale a volver a lo mismo. ¿Cómo podría haber aquí una “amenaza”?

¿Quiere decir el fiscal José Domingo Pérez que “lo que hagas te regresa” se debe interpretar como “te voy a pegar, balear, matar”?

Si es así, habría una falta de entendimiento del lenguaje y la realidad. No creo que sea el caso. Prefiero pensar que la presión de llevar uno de los casos más emblemáticos de la lucha anticorrupción obnubila por momentos la capacidad de interpretar los hechos y los dichos, y sus dimensiones.

Esta debería ser una anécdota en el proceso. Sin embargo, la lucha contra la corrupción es algo serio y decisivo. De ahí la importancia de ayudar a que no se empañe ni desvirtúe.

Si dejamos pasar esta grosera simplificación, vamos a bajar los estándares de los criterios de justicia. Si eso pasa, se debilita el proceso anticorrupción y se fortalece la corrupción.

El fiscal ha hecho buenas investigaciones. La indagación sobre los falsos aportantes de FP, por ejemplo, fue exhaustiva, meticulosa y profunda.

No podemos, sin embargo, consagrar al investigador. En la administración de justicia no puede haber consagraciones. Se debe valorar cada caso y cada intervención.

Las consagraciones son contrarias a la justicia. Los peruanos tenemos este defecto. Una vez ungido el elegido, suspendemos toda crítica y consideramos que, en adelante, es bueno todo lo que haga, haga lo que haga.

Esta tendencia a la unción hace que lapidemos a todo el que ose criticar, objetar o señalar cualquier acción futura del sujeto en cuestión. Atribuida esta especie de santidad, la crítica al santo se convierte en blasfemia, herejía, pecado mortal.

Este fenómeno reduce nuestra capacidad de pensar. La cambia por nuestra facilidad de satanizar.

El público es libre para ver santos y demonios. Para él siempre habrá los buenos contra los malos. Y siempre el gran público se verá en el lado de los buenos.

Las autoridades, sin embargo, no deben buscar la legitimidad en los aplausos. Los aplausos, no hay que olvidarlo, nos llevaron a Alan García, a Alberto Fujimori, a Alejandro Toledo.

No podemos, por eso, erosionar el debido proceso con la satanización o el anatema. Para juzgar hechos y valorarlos en justicia se requiere ecuanimidad, equidad e independencia; independencia, también y sobre todo, del aplauso.

Para recuperar la justicia tenemos que reformarla. No solo con leyes, sino, especialmente, con la superación del espíritu santificado, tan entrometido en las causas y los procesos.

Escribe: Federico Salazar – periodista / El Comercio

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